El día de hoy, empujada por mi queridísima abuelita, decidí ir a hacer lo conducente para poder presenciar el Ballet sobre Hielo del Cascanueces. Ya tenía noticia de dicha presentación desde varios días antes, pero no me decidía a asistir debido a que imaginaba largas filas, infranqueables, interminables. Filas que me alejarían de la oportunidad de asistir al espectáculo.
Pero bueno, ella insistió. He tenido en días recientes un idilio con las sábanas, que no quieren despegarse de mí por las mañanas, y decidí que no había mucho qué perder. Podía intentarlo. Podía llegar temprano. Podía esforzarme y acompañarla. Aprovechar que el gobierno del Distrito Federal, de cualquier forma ya había hecho el egreso del erario, con una medida populista, probablemente, pero que a final de cuentas, me permitiría, si así quería, ver a la compañía de ballet de San Petersburgo.
Llegamos temprano: a las dos de la tarde. No había fila; en la grada elegida cada quien tomaba asiento. Muchos apartaban, y yo, con mi imperativo superyoico de hacer lo correcto pensaba que no debían permitírselo a ninguno de los presentes. Incluidas nosotras.
Efectivamente, a las tres empezaron a ordenar un poco las cosas un par de integrantes de protección civil. Nos acomodaron, nada de apartar lugares, se haría fila afuera, las tres primeras filas desocupadas, nadie más podía entrar y si queríamos salir, debíamos dejar una identificación.
El resto de mi familia no llegaba. Y al parecer, no llegaría en un buen rato. Decidí renunciar a esperarlos, decidí renunciar a sus lugares. Pero algunos otros no lo hicieron...
Un señor ya entrado en años, a eso de las 5 y media decidió que era hora de retirarse: tenía sueño, hambre y era suficiente por hoy. Pero la señora de junto, lo detuvo: "Señor, si ya se va, ¿qué tal que espera a que llegue mi amiga y hacen cambio?" Él preguntó, cómo podría eso funcionar. A lo que la señora respondió: "Pues dice que ella es su esposa y que usted ya tiene que irse a trabajar, pero como la quiere tanto, decidió apartarle el lugar..." A lo que él sólo dijo: "Bueno, pero sólo si es guapa. Aunque eso es difícil, porque todas las mujeres son feas..." Al final sí hicieron el cambio, y la señora, no era guapa... ¬¬
A mí abue se le cayeron sus lentes; mi familia sí pudo entrar gracias al nivel de deserción existente en las gradas que escogimos; la chica de atrás apoyada por su nuevo amigo: el chico de al lado defendió los lugares de sus parientes que no llegaban y cuando desistió, simplemente se fue, dejando a su nuevo amigo sin lugar; compartimos comida con los de adelante, al lado, atrás; y llenamos de grasa la chamarra de la chica de enfrente, que no dejaba de pegarme en las rodillas con su espalda...
La verdad es que el espectáculo vale los suplicios vividos: pasar cerca de 7 horas sentado en el mismo lugar, sin respaldo, bajo el sol dos pares de horas, con frío otro tanto. Y siempre, existirá la posibilidad de acercarse a algunos que, por alguna razón son vecinos de banca.
Lindos vestuarios, excelente interpretación por parte de la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de México, muy buenas coreografías, además de la iluminación que permite cerrar con broche de oro una noche de magia.
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